Por Víctor Sánchez Sánchez
Teatro Real de Madrid
En el año 2009, Riccardo Muti fue invitado a dirigir el concierto de Navidad que todos los años se celebra en el Parlamento italiano. Al frente de sus “chicos de la Cherubini”, la misma orquesta que hoy se sitúa en el foso del Teatro Real, eligió la Quinta sinfonía de Beethoven, uno de los grandes hitos de la música occidental. Todo un símbolo de la necesidad de regeneración a través de un proyecto que une juventud (futuro) y arte (conciencia cívica). Tras tanta solemnidad, la sorpresa llegó con la propina: una chispeante y alegre obertura de la ópera Don Pasquale, que disfrutaron tanto los jóvenes músicos como las numerosas autoridades asistentes. En palabras del propio Muti, la intención era “dejar a todos con una sensación de esperanza, de sonrisa y de una hermosa carcajada”. No se trataba simplemente de buscar un divertido toque final a un acto festivo, sino de toda una reivindicación de la alegría como expresión de lo humano. El maestro Muti siempre ha defendido la necesidad de la sensibilidad del sur en la configuración de la cultura musical europea. Y la ópera bufa supone un soplo de aire fresco en las programaciones a veces excesivamente intelectualizadas de nuestros teatros líricos.

El Don Pasquale de Riccardo Muti
Don Pasquale ha sido un título fundamental en su carrera. Con él debutó en Salzburgo en 1971, siendo invitado por Karajan sin haber cumplido los treinta años. En su autobiografía recuerda el primer ensayo con los profesores de la Filarmónica de Viena. Se sorprendió por su sonoridad densa y poco ligera, quizás no muy apropiada para esta ópera bufa. Tras escuchar los explosivos acordes iniciales de la sinfonía, que le sonaron “como si se bajase al infierno”, tuvo que explicarles “que Donizetti era una cosa diferente al Verdi de Otello”. Este choque cultural norte-sur, tan enriquecedor en ambas direcciones, ha sido una de las grandes aportaciones de Riccardo Muti. Merece la pena citar cómo describe la emoción de este primer ensayo del Don Pasquale en Viena en sus propias palabras:
“Comenzamos. La facilidad con que los arcos cantaban era para mí una manera nueva, palpablemente diferente de la costumbre italiana que se había formado en la ópera y en el repertorio donizettiano; pero contenía algo de oscuro y profundo que, sin poseer nuestro brillo, daba la impresión de entrar más en el fondo de las notas. No quiero decir que comprendiesen la música mejor que nosotros: pero la sensación de que, con su modo de tocar, hundían las raíces un poco más allá, esta sí, debo admitir haberla experimentado. Era el Don Pasquale, no la Séptima sinfonía de Beethoven: sin embargo, del modo en que tocaban Donizetti, advertí las huellas sinfónicas que habían sido escondidas desde el día en que los italianos habíamos decidido hacer, de manera exclusiva, de la música un canto más ligero. Será verdad que así estábamos más cerca del estilo y del mundo de Donizetti, pero aquella mañana en el Sophiensaal de Viena descubrí de repente una orquesta que se acercaba a la ópera bufa de 1843 sin cortar el hilo que la unía a Haydn, Beethoven, Schumann o Brahms: un mundo lejano que estaba delante de mí, turbándome y fascinándome al mismo tiempo. Un milagro: fue como alzar el velo que cubre un misterioso monumento el día de su inauguración”. [Riccardo Muti, Prima la musica, poi le parole, 2010, pp. 91-92]
Este descubrimiento ha guiado gran parte de la carrera de Muti, mostrando la italianidad de Mozart o los ecos rossinianos en la música de Schubert. Pero también impulsando el sustrato sinfónico y la coherencia dramática de las óperas de Verdi o Rossini.
Don Pasquale ha figurado en el repertorio de Muti, consciente de que esta ópera refleja tanto la madurez del estilo de Donizetti como la síntesis de la larga tradición del género. El maestro ha sabido sacar de la partitura la finura del trabajo orquestal, el dinamismo y la vivacidad de los tempi y, sobre todo, un cuidado sentido hacia el texto y la dramaturgia.
Riccardo Muti se ha enfrentado en numerosas ocasiones a Don Pasquale. En el Festival de Salzburgo fue protagonizado por Fernando Corena y Rolando Panerai, dos de los más destacados intérpretes bufos de su época. En 1982 la grabó para EMI con otra de sus orquestas, la Philharmonia de Londres con Sesto Bruscantini y una sorprendentemente fresca Mirella Freni. Tampoco pudo faltar en La Scala en los años noventa con Furlanetto. Sin embargo, estamos seguros que los mejores recuerdos de Don Pasquale los tiene con sus “muchachos de la Cherubini” tanto en el Ravenna Festival en 2006 como especialmente en el Musikverein de Viena en 2008, un emocionante reencuentro con sus orígenes.
Don Pasquale es el canto del cisne de la ópera bufa. Su estreno en 1843 fue el último gran éxito de un género que llevaba más de un siglo como uno de los ejes fundamentales de la historia de la ópera. Muti lo conoce muy bien a través de sus interpretaciones de referencia de las óperas de Mozart o Rossini. Pero el maestro ha querido ir más allá indagando en la larga tradición de la escuela napolitana, con su proyecto “Napoli e l’Europa”, que ha culminado en 2011 con I due Figaro de Mercadante. La implicación del Festival de Pentecostés de Salzburgo surgía de la idea de rastrear el atractivo que ejerció Italia en Mozart y reconocer la influencia universal de la música italiana. Y es que Don Pasquale constituye, seguramente sin que el maestro se haya dado cuenta, uno de los hilos conductores de su carrera musical. Una obra en la que ha podido expresar esa síntesis norte-sur, ese milagro que descubrió en los primeros ensayos de Viena.
Don Pasquale de Donizetti, la última gran ópera bufa
Curiosamente, Donizetti también estuvo en Viena en la época de su Don Pasquale. El empresario Merelli, que también llevaba La Scala de Milán, le había contratado como director de la compañía de ópera italiana, para la que compuso Linda de Chamounix (1842) y Maria di Rohan (1843). Allí fue nombrado Maestro de Cámara del Emperador, un puesto que, según cuenta con orgullo en una carta, habían tenido “antiguamente Krommer, Mozart o Kozeluch”. Sin embargo, el contacto con la música de los clásicos vieneses lo había tenido en su juventud a través de su maestro Simone Mayr, un bávaro que se había establecido en Bérgamo. De hecho, su formación práctica fue la composición de nada menos que dieciocho cuartetos. Un compañero de estos años recuerda cómo llevaba a cada reunión un cuarteto “compuesto a lo Haydn” o “a lo Beethoven”, lo que muestra tanto su facilidad creativa como las bases clásicas de su estilo.
Don Pasquale fue un encargo para el Teatro Italiano de París, donde se estrenó con un enorme éxito en enero de 1843. Fueron unos años en que algunos bromeaban diciendo que no existían los teatros líricos de París sino los teatros de Donizetti, ya que había triunfado tanto en la Opéra Comique (La fille du régiment) como en la Grand Opéra (La favorite); según Berlioz, se trataba de “una verdadera guerra de invasión”. Lógicamente el Théâtre-Italien de París era el que mantenía con mayor fuerza las tradiciones operísticas italianas, centrándose en el repertorio rossiniano y presentando a grandes cantantes. De hecho, Don Pasquale reunió uno de los mejores repartos de su época: Luigi Lablache (Don Pasquale), Giulia Grisi (Norina), Antonio Tamburini (Dottore Malatesta) y el joven tenor Mario (Ernesto).
Donizetti la había compuesto en unas pocas semanas tomando como base un viejo libreto que había triunfado en Milán treinta años antes. El texto reunía todos los tópicos del género: un viejo cascarrabias, una boda fingida, un intrigante doctor y una astuta protagonista femenina. El compositor se implicó activamente en el libreto, hasta el punto que el libretista (Giovanni Ruffini) renunció a firmarlo. En la edición aparece firmado como M.A. –lo que ha llevado a que se atribuya a su agente parisino Michele Accursi– aunque lo cierto es que el texto corresponde exclusivamente al citado Ruffi ni y al propio Donizetti. Con su larga experiencia teatral era consciente de la importancia de la construcción del texto para el desarrollo musical y dramatúrgico, rasgo propio de los grandes creadores de la historia de la ópera. Y es que tras la apariencia de los tópicos del género bufo se perciben numerosos detalles de comedia fi na, bien construida, llena de emoción y sentimiento.
De hecho una lectura más profunda de Don Pasquale nos revela el trasfondo paródico del melodrama romántico. Nadie mejor que Donizetti para reírse de lo que conocía tan bien. La aparición del tenor en la falsa boda de su amada Norina no deja de recordarnos una de las escenas antológicas del repertorio donizettiano: el explosivo momento en que Edgardo irrumpe en la boda de Lucía; solo que aquí Ernesto aparece providencialmente, ya que su tío Don Pasquale le necesita como testigo de la boda. De la misma manera Norina se ríe de los amores caballerescos que lee en su presentación (“Quel guardo il cavaliere”), reacción similar a la de Adina en L’elisir d’amore leyendo –¡sorprendente casualidad histórica!– la historia de Tristán e Isolda.
El estreno de Don Pasquale en París fue un enorme éxito; Donizetti comentó en una carta que estaba contentone. Inmediatamente después se fue a Viena donde repitió de nuevo el triunfo. Poco después presentó en la capital austriaca Maria di Rohan, un melodrama alabado por la prensa local ya que “había conseguido ese aura de seriedad y dignidad que están tan próximos al carácter alemán”. Curiosamente los músicos que estaban en el foso acababan de fundar un año antes la Filarmónica de Viena, la misma orquesta que siglo y medio después iba a hacer descubrir a Riccardo Muti la esencia clásica de Don Pasquale.
Víctor Sánchez Sánchez es musicólogo

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